Mediumnidad

Siempre he sentido una conexión profunda con la tierra que piso, como si las montañas y los bosques del País Vasco guardaran secretos que solo unos pocos elegidos pueden desvelar. No es un secreto que nuestras tierras son ricas en mitos, leyendas y energías que aún vibran entre nosotros. Desde tiempos ancestrales, las brujas o "sorginak" no solo danzaban en las noches oscuras de Akelarre, sino que también eran guardianas de un conocimiento más allá de este mundo: el arte de la mediumnidad.

Recuerdo cuando era niña, escuchaba a los ancianos del pueblo hablar de aquellos que podían escuchar a los muertos, que no solo invocaban a los espíritus, sino que conversaban con ellos como si fueran viejos amigos. Estos médiums, se comunicaban con los ancestros y los espíritus de la naturaleza, actuando como puentes entre el mundo de los vivos y el reino de lo invisible.

Antaño, en ciertas aldeas recónditas de las montañas vascas, los ritos de mediumnidad formaban parte de la vida cotidiana. Uno de los rituales más conocidos, pero apenas hablado, era el Arimen Gaua, una ceremonia en la que los médiums se reunían en torno a una hoguera en la noche de Todos los Santos, esperando la llegada de los espíritus. Los aldeanos les ofrecían pan, vino y un trozo de cera encendida para guiar a las almas perdidas. Se decía que en esas noches, los velos entre los mundos se volvían tan delgados que era fácil escuchar susurros, sentir presencias y, en ocasiones, ver figuras vagamente delineadas en la bruma de la madrugada.

Pero no todos podían acceder a este poder. La mediumnidad, como bien sabían nuestras brujas, no era algo que pudiera aprenderse. Más bien, era un don heredado de generación en generación. En muchas familias vascas, todavía se cuentan historias de una abuela, un tío lejano o un bisabuelo que podía predecir la muerte de alguien antes de que ocurriera, o de aquellos que escuchaban las campanas de una iglesia invisible, anunciando un fallecimiento inminente.

He tenido la suerte de cruzarme con algunos descendientes de estos médiums, y sus relatos son tan fascinantes como inquietantes. Me hablaron de cómo, a veces, los espíritus venían a ellos en sueños, pidiendo ayuda o simplemente queriendo ser escuchados. En ocasiones, estos encuentros eran pacíficos, pero otras veces, los espíritus eran tan persistentes que no dejaban dormir al médium hasta que su mensaje era transmitido.

Es curioso pensar cómo estos dones, que en su día eran vistos como una maldición o una bendición, han ido desapareciendo o escondiéndose en la vida moderna. Sin embargo, estoy convencida de que la mediumnidad sigue viva entre nosotros. Puede que en algún rincón de estas tierras, en un caserío olvidado, aún haya alguien que se siente por las noches con una vela encendida, esperando escuchar las voces de los que ya no están.

Quizás, en el próximo Arimen Gaua, me atreva a participar en uno de estos antiguos rituales. ¿Y tú, lo harías?

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