Las tradiciones vascas en otoño y Mabon
Situamos en el centro de las antiguas creencias vascas a Mari, una diosa poderosa y omnipresente que habita en las montañas, particularmente en cuevas, y representa la personificación de la Madre Tierra. Mari es vista como una figura dual, capaz de otorgar prosperidad y fertilidad, pero también puede traer tormentas y destrucción si no se le respeta. Esto refleja el concepto de equilibrio entre la creación y la destrucción, la luz y la oscuridad.
Durante el equinoccio de otoño, cuando la naturaleza comienza a morir para renacer nuevamente en la primavera, Mari toma un rol simbólico en este ciclo. Este período de balance estacional es un recordatorio del poder dual de Mari: la vida (representada por la abundancia de la cosecha) y la muerte (el invierno venidero y la decadencia de la naturaleza). Los rituales y ceremonias en su honor durante esta época incluían ofrendas en cuevas, montañas y bosques donde se creía que habitaba, con el fin de asegurar su protección durante los duros meses de invierno.
Las lamias, seres femeninos mitológicos con pies de ave, eran consideradas guardianas de fuentes y ríos, y se pensaba que tenían el poder de controlar los elementos de la naturaleza. Estos seres de agua, vinculados al mundo natural, también representan un equilibrio entre lo visible y lo invisible, entre la vida y la muerte, especialmente en tiempos de cambio estacional. El agua que custodian es símbolo de vida, pero las lamias también tienen un carácter dual, ayudando o castigando a aquellos que interfieren con la naturaleza. Durante el equinoccio de otoño, se les dedicaban rituales para asegurar su favor y protección de los recursos hídricos de la tierra dejando pequeñas ofrendas en fuentes u orillas de rios en los bosques.
Por otro lado, los jentilak, son los gigantes de la mitología vasca que habitaban en los montes antes de la llegada del cristianismo, eran figuras vinculadas al antiguo conocimiento y la fuerza primigenia de la naturaleza. Su desaparición al llegar el cristianismo se ve como un acto de sumergirse en la oscuridad (metafórica), lo que los convierte en símbolos de transición y cambio. Los jentilak también están ligados a los cambios estacionales, especialmente en otoño, cuando las fuerzas de la naturaleza, representadas por estos gigantes, parecen retirarse al interior de la tierra para dar paso al invierno.
Al subir los escalones, los creyentes simbolizaban el viaje entre lo terrenal y lo divino, lo visible y lo invisible, en un acto que recuerda los antiguos rituales de balance cósmico y espiritual que estaban enraizados en la adoración de dioses y espíritus naturales como Mari y las lamias. Con la construcción de la ermita sobre la isla sagrada encontramos un claro ejemplo de cómo las tradiciones cristianas absorbieron antiguos ritos paganos relacionados con la naturaleza y sus ciclos, sustituyendo las ofrendas y procesiones hasta lo alto de la isla.
A pesar de la cristianización de muchas festividades vascas, el respeto por el equilibrio estacional y la naturaleza sigue siendo un tema central en las celebraciones actuales. Los fuegos de San Juan, las romerías de otoño y las ofrendas agrícolas en ferias y fiestas rurales siguen conectando la cultura vasca con los ciclos de la naturaleza. En el fondo, la esencia de estos rituales sigue siendo la misma: mantener el balance entre la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, y honrar las fuerzas naturales que rigen el destino de las cosechas y el bienestar de la comunidad.
Resulta evidente que la festividad de Mabon y las tradiciones vascas a pesar de no tener una equivalencia exacta, tienen varias similitudes en los temas centrales de agradecimiento por la cosecha, preparación para el invierno y celebración comunitaria. Ambas tradiciones reflejan una profunda conexión con los ciclos de la naturaleza y el agradecimiento por los frutos de la tierra, y ambas celebraciones han evolucionado con el tiempo, adaptándose a influencias culturales y religiosas.
Mabon y las tradiciones vascas, aunque diferentes en nombre y forma, comparten una profunda conexión con la tierra y los ciclos naturales. Ambas celebraciones nos invitan a reflexionar sobre el equilibrio, la abundancia y la preparación para lo que está por venir. Al honrar estas tradiciones, ya sea a través de rituales ancestrales o celebraciones modernas, nos alineamos con el ritmo eterno de la naturaleza y nos conectamos con una herencia mística que trasciende el tiempo.
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