Las tradiciones vascas en otoño y Mabon

Con el equinoccio de otoño a la vuelta de la esquina, el mundo se encuentra en un punto de equilibrio mágico entre la luz y la oscuridad. La festividad pagana de Mabon, celebrada alrededor del 21 de septiembre, es un momento para honrar el cambio de estación y agradecer por los dones de la cosecha. Pero, ¿sabías que en el País Vasco también se celebran ritos y tradiciones en esta época del año que resuenan con la misma energía ancestral?

En el País Vasco, aunque el nombre Mabon no se pronuncia, el espíritu de la festividad se manifiesta en rituales y celebraciones profundamente arraigados en la tierra y la cultura. A medida que las hojas cambian de color y el aire se llena con la promesa de la cosecha, las comunidades vascas se preparan para la temporada de reflexión y agradecimiento.

El equinoccio de otoño es un tiempo de equilibrio entre la luz y la oscuridad, y la festividad celebra la llegada del otoño con un enfoque en la reflexión y la preparación para la oscuridad del invierno. Aunque no hay una festividad específica que se corresponda directamente con Mabon, hay celebraciones que marcan el final de la temporada de cosechas:

La festividad conocida como el Día del Grape en Álava celebra la cosecha de uvas, un momento culminante del ciclo agrícola. En esta época, el aroma a mosto y vino nuevo inunda el aire, y las celebraciones se llenan de rituales de agradecimiento por los frutos de la tierra. Las bodegas se abren para compartir el vino nuevo, y los habitantes se reúnen en festivos banquetes, evocando el mismo espíritu de gratitud que impregna Mabon desde hace cientos de años.

La feria de la cosecha en algunas áreas del País Vasco, aunque cristianizada, refleja una tradición de agradecimiento por la cosecha. Las celebraciones en esta época, como San Fermín en Navarra o San Ignacio en Gipuzkoa, incluyen elementos relacionados con la cosecha y el agradecimiento. Estos eventos a menudo cuentan con mercados, ferias y festividades que celebran los productos agrícolas y la comunidad.

Por otra parte, antaño, era el momento para prepararse para el invierno, asegurándose de que había suficiente comida y provisiones para los meses más fríos, de ello dependían muchas familias y sus ganados.

Las tradiciones de la matanza del cerdo y la preparación de alimentos curados eran rituales de abundancia y sustento. Estos actos no solo aseguraban la provisión durante el invierno, sino que también conectaban a las personas con sus ancestros y la tierra que las alimentaba.

El equinoccio de otoño, al igual que Mabon, marca un momento de equilibrio cósmico, en el que la duración del día y la noche es prácticamente igual. Esta armonía entre la luz y la oscuridad era observada por muchas culturas antiguas, incluyendo la vasca, como un tiempo sagrado, de transición y ajuste, donde las energías del mundo físico y espiritual se entrelazaban de manera más visible. En el país vasco, que siempre se ha tenido una conexión profunda con la naturaleza, el cambio de estación era también un recordatorio del delicado balance que existe entre las fuerzas de la luz (día) y la oscuridad (noche).

Los rituales de luz y oscuridad acompañados de los dioses o espíritus tradicionales, sin duda siempre han sido el eje principal de está fecha. En las antiguas creencias y mitología vasca, la diosa Mari, las lamias y los jentilak, juegan un papel en la transición estacional.

Situamos en el centro de las antiguas creencias vascas a Mari, una diosa poderosa y omnipresente que habita en las montañas, particularmente en cuevas, y representa la personificación de la Madre Tierra. Mari es vista como una figura dual, capaz de otorgar prosperidad y fertilidad, pero también puede traer tormentas y destrucción si no se le respeta. Esto refleja el concepto de equilibrio entre la creación y la destrucción, la luz y la oscuridad.

Durante el equinoccio de otoño, cuando la naturaleza comienza a morir para renacer nuevamente en la primavera, Mari toma un rol simbólico en este ciclo. Este período de balance estacional es un recordatorio del poder dual de Mari: la vida (representada por la abundancia de la cosecha) y la muerte (el invierno venidero y la decadencia de la naturaleza). Los rituales y ceremonias en su honor durante esta época incluían ofrendas en cuevas, montañas y bosques donde se creía que habitaba, con el fin de asegurar su protección durante los duros meses de invierno.

Las lamias, seres femeninos mitológicos con pies de ave, eran consideradas guardianas de fuentes y ríos, y se pensaba que tenían el poder de controlar los elementos de la naturaleza. Estos seres de agua, vinculados al mundo natural, también representan un equilibrio entre lo visible y lo invisible, entre la vida y la muerte, especialmente en tiempos de cambio estacional. El agua que custodian es símbolo de vida, pero las lamias también tienen un carácter dual, ayudando o castigando a aquellos que interfieren con la naturaleza. Durante el equinoccio de otoño, se les dedicaban rituales para asegurar su favor y protección de los recursos hídricos de la tierra dejando pequeñas ofrendas en fuentes u orillas de rios en los bosques.

Por otro lado, los jentilak, son los gigantes de la mitología vasca que habitaban en los montes antes de la llegada del cristianismo, eran figuras vinculadas al antiguo conocimiento y la fuerza primigenia de la naturaleza. Su desaparición al llegar el cristianismo se ve como un acto de sumergirse en la oscuridad (metafórica), lo que los convierte en símbolos de transición y cambio. Los jentilak también están ligados a los cambios estacionales, especialmente en otoño, cuando las fuerzas de la naturaleza, representadas por estos gigantes, parecen retirarse al interior de la tierra para dar paso al invierno.

Un lugar emblemático a visitar en esta fecha es San Juan de Gaztelugatxe. Es una ermita situada en la cima de una pequeña isla conectada por un antiguo puente a la costa vasca, hay evidencias de que anteriormente se trataba de un lugar pagano sagrado, donde se realizaban rituales en honor a las fuerzas naturales, especialmente alrededor del solsticio y el equinoccio. Este espacio sagrado, con su legendaria escalera que lleva al cielo, fue un punto de encuentro para ceremonias que honraban el equilibrio entre la luz y la oscuridad. 

Al subir los escalones, los creyentes simbolizaban el viaje entre lo terrenal y lo divino, lo visible y lo invisible, en un acto que recuerda los antiguos rituales de balance cósmico y espiritual que estaban enraizados en la adoración de dioses y espíritus naturales como Mari y las lamias. Con la construcción de la ermita sobre la isla sagrada encontramos un claro ejemplo de cómo las tradiciones cristianas absorbieron antiguos ritos paganos relacionados con la naturaleza y sus ciclos, sustituyendo las ofrendas y procesiones hasta lo alto de la isla.

A pesar de la cristianización de muchas festividades vascas, el respeto por el equilibrio estacional y la naturaleza sigue siendo un tema central en las celebraciones actuales. Los fuegos de San Juan, las romerías de otoño y las ofrendas agrícolas en ferias y fiestas rurales siguen conectando la cultura vasca con los ciclos de la naturaleza. En el fondo, la esencia de estos rituales sigue siendo la misma: mantener el balance entre la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, y honrar las fuerzas naturales que rigen el destino de las cosechas y el bienestar de la comunidad.

Resulta evidente que la festividad de Mabon y las tradiciones vascas a pesar de no tener una equivalencia exacta, tienen varias similitudes en los temas centrales de agradecimiento por la cosecha, preparación para el invierno y celebración comunitaria. Ambas tradiciones reflejan una profunda conexión con los ciclos de la naturaleza y el agradecimiento por los frutos de la tierra, y ambas celebraciones han evolucionado con el tiempo, adaptándose a influencias culturales y religiosas.

Mabon y las tradiciones vascas, aunque diferentes en nombre y forma, comparten una profunda conexión con la tierra y los ciclos naturales. Ambas celebraciones nos invitan a reflexionar sobre el equilibrio, la abundancia y la preparación para lo que está por venir. Al honrar estas tradiciones, ya sea a través de rituales ancestrales o celebraciones modernas, nos alineamos con el ritmo eterno de la naturaleza y nos conectamos con una herencia mística que trasciende el tiempo.

Así que este otoño, cuando el equilibrio entre la luz y la oscuridad se haga sentir, recuerda que estás participando en una danza ancestral que ha sido celebrada a lo largo de los siglos, tanto en las verdes colinas del País Vasco como en las tierras antiguas de la rueda del año wicca. ¡Que la magia del otoño te acompañe!

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